Sitio de reflexión sobre el psicoanálisis y sus aplicaciones a la comprensión de la cultura, el arte y la subjetividad contemporánea
sábado, 3 de mayo de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
ERES INSIGNIFICANTE
ERES INSIGNIFICANTE....
Al comienzo del film Hormigaz (Antz, Eric Darnell & Tim Johnson, 1988), el protagonista, "Z" (en realidad, "Z-4196"), una hormiga obrera perteneciente a una colonia de millones de individuos, neurótico recalcitrante (Fue Woody Allen el que, de hecho, prestó su voz al personaje en la versión original), se halla tumbado en el diván contándole a su psicoanalista sus conflictos y penas. Cuando al final de su monólogo, "Z" se queja de que se siente "insignificante", su psicoanalista le responde: "Has hecho grandes progresos". "Z" se sorprende y le pregunta el porqué de su afirmación. La inesperada respuesta es la siguiente: "Porque eres insignificante".
Ser insignificante, o sentirse insignificante. Esa es la cuestión.
Sólo vamos a nombrar de pasada, sin analizar más, el hecho de que una hormiga llamada "Z" está evidentemente emparentada con una cucaracha llamada "K". En efecto, el universo de Kafka se halla, al menos sugerido por la analogía, en las intenciones del film, y de una forma mucho más sutil de lo que nos pudiera parecer, porque lo que se nos narra es una verdadera parábola política, contada a niños y adultos. En esta fábula se contraponen dos modelos sociopolíticos antagónicos: el individualismo y el colectivismo. "Z" representa a un individuo normal y corriente, un habitante de esa enorme masa de seres indiferenciados que trabajan al servicio de su sociedad, el hormiguero. Metáfora incontestable del propio ser humano, siempre preso entre su precaria subjetividad individual y las presiones y determinaciones de la sociedad en la que vive.
La película ofrece una serie de situaciones interesantes, entre las que destacaría dos: por un lado, la búsqueda de Insectopía, un lugar que sería como el paraíso de los insectos, y que resulta no ser lo que parecía. Por otro, la derivación del sistema de organización socioeconómico ancestral, regido por una monarquía más o menos benevolente y basado en la división social del trabajo, hacia un régimen fascista, liderado por el cruel general Mandible.
Sin embargo, el punto más interesante del film, lo que más puede darnos que pensar, y que de algún modo nos permitiría a su vez reflexionar sobre todo lo que acabamos de exponer, es la cuestión de la insignificancia. Hay una paradoja en el hecho de que sentirse, o mejor, reconocerse insignificante sea un progreso en un psicoanálisis, o en general en una terapia. ¿Qué puede significar esta paradoja, este aparente absurdo? ... porque se supone que la insignificancia sería más bien algo que hay que superar para sentirse "alguien", para progresar.
Vamos por partes. In-significante significa de entrada, algo o alguien cuya entidad, cuya existencia, no resulta necesaria para comprender un conjunto dado: por ejemplo, una gota de agua en el océano o una hormiga en un hormiguero. Es decir, si ese ser individual desapareciera o no existiera, ello no afectaría en nada al conjunto. Sin embargo, vamos a pensar en la palabra "in-significante" como lo que no tiene significante, como lo que carece de él. Vale, entonces... ¿qué es un significante, y por qué es tan importante para que sin él alguien se sienta "in-"?
La lingüística moderna, a partir de Saussure, comenzó a estudiar el significante a comienzos del siglo XX, hacia 1906. Recordemos que La interpretación de los sueños de Freud se publica en 1900. El significante es aquello ligado a un significado, lo que lo expresa o define. Por ejemplo, el significante "árbol" designa y engloba todos los significados de árboles, es decir: todos los árboles que existen. El significante es la representación del significado, su representante en el lenguaje. El significante es siempre arbitrario, podría haber sido cualquier otra combinación fonémica, pero ha resultado ser esa.
Así pues, el mundo humano está construido a partir de significantes, experimentamos el mundo y podemos llegar a conocerlo a través de los significantes. En definitiva, a través del lenguaje, porque el lenguaje no es otra cosa que la red estructurada de significantes.
Ahora bien, el lenguaje humano posee una peculiaridad esencial: la posibilidad de la metáfora, que hace que en un poema de amor, por ejemplo, los labios sean corales y los dientes perlas... Es decir, que el lenguaje humano permite no ya que un significante represente a un significado, sino que represente a otro significante. O que un mismo significado pueda estar expresado por más de un significante. O que un significante pueda referirse a distintos significados.
Es decir, que la "realidad" del mundo está construida a partir de significantes. Y la realidad humana también: nosotros, como sujetos, estamos hechos de significantes, que nos definen, que nos permiten construirnos una identidad, pero que también nos hacen prisioneros de ella. Esos significantes proceden de complejas relaciones entre los deseos inconscientes de los progenitores y/o de las personas que, no por casualidad, la Psicología ha denominado como "significativas" para el sujeto... y aquí, significativas quiere decir necesarias para el crecimiento físico y psíquico del sujeto que ha nacido: aquellas sin las cuales, el individuo humano no sobreviviría en un mundo que le es desconocido y hasta hostil. ¿Cómo se consigue esta supervivencia? ¿Cómo hacen estas personas para permitir que el sujeto, el individuo se desarrolle? Pues transmitiéndole, dotándole de una red de significantes, no sólo generales (el lenguaje mismo), sino de aquellos significantes "especiales", únicos, que constituyen (y construyen) la propia personalidad, el carácter...
Y lo más importante de todo esto es que esos significantes ya pre-existen al sujeto. Existen, lo envuelven aun antes de nacer. ¿Dónde se alojan esos significantes que le están destinados al sujeto? En el deseo de los padres. Será moreno, como su padre... Se llamará Roberto, como su abuelo...
Como digo, estos significantes constituyen al sujeto, pero a la vez lo limitan, lo constriñen: se espera de él que los adopte, que los encarne, que cumpla con las expectativas. Por la identidad, por la individualidad, se paga siempre un alto precio. Y la mayoría de las neurosis se construyen por la necesidad del sujeto de desembarazarse de aquellos significantes que lo oprimen, que lo crucifican, que lo esclavizan. Muchas veces de forma inconsciente: en realidad, muchas veces no sabemos lo que los padres quieren de nosotros. A menudo, demasiado a menudo, nos transmiten expectativas contradictorias: mamá es más vital y papá más rígido, y cada uno de ellos te transmite sus propios deseos, sus miedos, sus frustraciones...
Entonces, una cura psicoanalítica no es sino la puesta en cuestión de toda esa cadena de significantes que constituyen lo más propio (y a la vez lo más ajeno del sujeto, por eso Lacan utiliza el neologismo "extimidad" para designarlo, en solidaridad y oposición a "intimidad", y que ya Freud anticipó con su noción de lo siniestro).
Poner en cuestión los significantes es dar al sujeto la oportunidad (permitir que el sujeto se dé a sí mismo la oportunidad) de elegir. Elegir aquellos significantes recibidos a los que quiere seguir identificándose, aquellos de los que quiere alejarse, separarse... y, eventualmente, crear para sí nuevos significantes. Es por eso que hay que atravesar un momento de "insignificancia", de (por decirlo así, vacío de poder), de "falta" de significantes en uno mismo, de "vaciarse" de ellos, para poder acceder a eso que en psicoanálisis llamamos cura.
Y lo más importante de todo esto es que esos significantes ya pre-existen al sujeto. Existen, lo envuelven aun antes de nacer. ¿Dónde se alojan esos significantes que le están destinados al sujeto? En el deseo de los padres. Será moreno, como su padre... Se llamará Roberto, como su abuelo...
Como digo, estos significantes constituyen al sujeto, pero a la vez lo limitan, lo constriñen: se espera de él que los adopte, que los encarne, que cumpla con las expectativas. Por la identidad, por la individualidad, se paga siempre un alto precio. Y la mayoría de las neurosis se construyen por la necesidad del sujeto de desembarazarse de aquellos significantes que lo oprimen, que lo crucifican, que lo esclavizan. Muchas veces de forma inconsciente: en realidad, muchas veces no sabemos lo que los padres quieren de nosotros. A menudo, demasiado a menudo, nos transmiten expectativas contradictorias: mamá es más vital y papá más rígido, y cada uno de ellos te transmite sus propios deseos, sus miedos, sus frustraciones...
Entonces, una cura psicoanalítica no es sino la puesta en cuestión de toda esa cadena de significantes que constituyen lo más propio (y a la vez lo más ajeno del sujeto, por eso Lacan utiliza el neologismo "extimidad" para designarlo, en solidaridad y oposición a "intimidad", y que ya Freud anticipó con su noción de lo siniestro).
Poner en cuestión los significantes es dar al sujeto la oportunidad (permitir que el sujeto se dé a sí mismo la oportunidad) de elegir. Elegir aquellos significantes recibidos a los que quiere seguir identificándose, aquellos de los que quiere alejarse, separarse... y, eventualmente, crear para sí nuevos significantes. Es por eso que hay que atravesar un momento de "insignificancia", de (por decirlo así, vacío de poder), de "falta" de significantes en uno mismo, de "vaciarse" de ellos, para poder acceder a eso que en psicoanálisis llamamos cura.
domingo, 6 de abril de 2014
¿POR QUÉ EL PSICOANÁLISIS PUEDE INTERPRETAR EL ARTE?
¿POR QUÉ EL PSICOANÁLISIS PUEDE INTERPRETAR EL ARTE?
¿Por qué decir que el psicoanálisis puede interpretar la cultura y, en concreto, el arte? ¿Qué le autoriza a interpretar?
Quizá antes de responder a esta pregunta debamos hacernos otra más urgente: ¿qué es interpretar?
Si entendemos la palabra en su origen, "interpretar" sería leer el significado oculto de algo. Así, desde la Antigüedad, se interpretan los sueños, en un intento de comprender el enigma que encierran, su mensaje más íntimo. La Hermenéutica, nacida en el Renacimiento, sería la ciencia de la interpretación. Los textos antiguos, literarios o no, deben ser analizados y entendidos, no desde el presente de quien se ocupa de ellos, sino en el contexto mismo en que surgieron. Este empeño tiene algo de imposible, encierra en sí mismo un Imposible (un Real, decimos en psicoanálisis): ¿cómo podemos saber exactamente, lo que Homero quiso transmitir en su tiempo con La Odisea, por ejemplo? Entre lo que entendieran los lectores de entonces y lo que entendemos nosotros al leer la obra se abre un abismo insalvable. No podemos saber con exactitud lo que quiso decir Homero.... y sin embargo, nos llega como algo propio, su escritura nos hace vibrar, tal vez porque en cada uno de nosotros late un Odiseo... respecto a esto se abren muchas cuestiones que no tienen lugar en este artículo breve...
Sin embargo, hay una acepción del verbo "interpretar" que también nos interesa.
En música, interpretar se le llama a tocar una pieza, a reproducir una notación, una escritura... Tengan en cuenta que aquello que se quiere más universal, la Ley, la ley escrita, la ley que hay que aplicar para impartir justicia, aquella a la que todos deberíamos estar sometidos sin excepción, esa Ley, está también sujeta a interpretación.
Basta que tomen ustedes en Youtube cualquier pieza musical, un movimiento de una sinfonía, por ejemplo, y en sus diferentes versiones comprobarán que hay diferencias abismales, no sólo de colorido en la musicalidad, sino del tempo en el que está tocado. En una pieza de 40 minutos, puede haber una variación de hasta 10!!!
Luego la interpretación, como decíamos, se enfrenta a un imposible que, sin embargo, no es un obstáculo, o no sólo un obstáculo, sino que, de forma paradójica, es la fuente que la hace posible: es un límite, una frontera, un umbral...
Interpretar, desde estas sugerencias que les hago a pensar en ello, tal vez no sea más que una deriva, una cierta deriva. Un itinerario. Un viaje hacia un lugar inaccesible. Una Ítaca que se revela, como en el poema de Kavafis, no en su destino, sino en el trayecto mismo, en los avatares del viaje.... y en las múltiples transformaciones del navegante...
Transitar una obra de arte puede hacerse desde muchos lugares de partida. Por ejemplo, desde un canon concreto, el crítico de arte puede juzgar una obra como maestra, simplemente lograda, o mediocre... Es sólo una posibilidad. Oscar Wilde ya advertía, desde ese tópico de que el crítico de arte es un artista frustrado, ¡¡que un crítico es algo muy distinto de un intérprete!!
Suponemos que el fin último de la obra de arte es suscitar el placer estético... Ufff!!! concepto bien complicado, enredado siempre con la elucidación del concepto de belleza, que en XXV siglos de cultura occidental no ha obtenido una definición unívoca (tal vez porque no la tenga, volvemos al Imposible...)
Pero aun en el caso de que sea este el fin último de la obra de arte, habremos de admitir que ella es producto de un sujeto, alguien que sigue unas normas sociales, que se expresa en el lenguaje que conoce, que ha heredado, que se limita a una "escuela"... o por el contrario, alguien que "se adelanta a su tiempo", que rompe con las reglas, que inventa otras nuevas, que transgrede lo establecido... y transgredir es, una vez más, cruzar el umbral de lo imposible...
En fin, un artista es un sujeto y, como tal, en su obra va a dejar huellas de esa subjetividad. Esas huellas pueden rastrearse, pueden sentirse, pre-sentirse... pueden leerse. Freud, en su monumental Traumdeutung, La interpretación de los sueños, elaboró un concepto poético que quiero presentarles a quienes no lo conozcan: el ombligo del sueño. ¿Qué significa el ombligo del sueño? Que por mucho que interpretemos un sueño (y por extensión, cualquier manifestación de la subjetividad, inconsciente o no), por mucho que podamos extraer el contenido latente de su contenido manifiesto, hay un punto a partir del cual, es imposible avanzar más... el sueño queda encerrado en una bruma, en un misterio insondable, más allá del cual no alcanzan las luces de la razón...
Por tanto, si el psicoanálisis se ocupa de los sujetos, de leer en lo insondable de sus biografías los trazos de su malestar, de su sufrimiento, pero también de las formas en que han podido "arreglárselas" en la vida, con sus síntomas, con su dolor psicológico, con sus frustraciones y condicionamientos... en definitiva, a interpretar esas huellas del sujeto en su propia biografía: en lo que otros han escrito, en lo que él mismo ha escrito, ha in-scrito.... si el psicoanálisis con ello, como terapia, trata de que un ser sufriente pueda re-escribir ese destino que, se dice, está "escrito" de antemano (no otra cosa es la tragedia como forma literaria y teatral)... si el psicoanálisis rastrea esas huellas... ¿por qué no poder hacerlo también en la obra artística?
¡¡¡No significa, por supuesto, como muchos creen, desde prejuicios que deberían estar ya obsoletos, de "tumbar" al artista, o al personaje literario, en el diván!!! No se trata ni mucho menos de reducir el inextricable misterio de la obra de arte a la neurosis de su creador... sino de forma mucho más modesta, de re-conocer las huellas del sujeto, aquellas que hacen a la obra de arte única e insondable.
viernes, 2 de agosto de 2013
¿QUÉ ES UN PADRE? (O DE LOS NOMBRES DE LA LIBERTAD)
¿QUÉ ES UN PADRE? O DE LOS NOMBRES DE LA LIBERTAD...
¿Qué es un padre?
En El animal moribundo, la excelente novela de Philip Roth, y en su adaptación cinematográfica, de la mano de Isabel Coixet, ua de las relaciones humanas más importantes es la que mantiene el protagonista, David Kepesh, con su hijo: una relación conflictiva, marcada por el fracaso, que nos va a permitir reflexionar sobre la función del padre.
¿En qué consiste la responsabilidad de un padre? ¿Qué enseña un padre a su hijo varón, qué ha de transmitirle? ¿Por qué podemos pensar que David ha fracasado como padre?
Antes de responder a estas preguntas, es interesante ver cómo se realiza esa transmisión padre-hijo, para ver después qué es lo que se transmite.
Ese cómo se llama identificación. Un ser humano se identifica con rasgos de personalidad o estilos de conducta de otro ser humano. El misterio para nosotros sigue siendo el hecho de que esa identificación es inconsciente, es decir, que el niño no decide qué rasgos de los progenitores o de otras personas importantes en su vida elige para sí mismo. La identificación fundamental, que influirá en todas las demás, es la sexual: en condiciones ideales, el niño se identificará con su padre y la niña con su madre.
De "identificación" deriva también la palabra identidad, y entendemos por ella lo que somos, lo que nos define como seres únicos e irrepetibles.
¿Irrepetibles? De la misma raíz viene la palabra idéntico. Lo idéntico es una copia exacta del original, o se dice de una cosa que es completamente igual a otra. Y, en efecto, en nuestra experiencia cotidiana, admitimos que hay hijos que son "idénticos" a sus padres, en el físico y/o en el carácter.
El reto está entonces en cómo construirse una "identidad" sin caer en lo idéntico. Si me hago humano identificándome con papá o mamá, ¿quién soy yo en realidad? ¿Qué es mío y qué no lo es? Esta suele ser fuente de profundos malestares: tienes el mismo carácter agrio que tu padre.... será abogado, como su abuelo.... etc, etc.
Es obvio que, carentes de instintos animales que determinen nuestra conducta, los humanos necesitamos que alguien nos diga lo que tenemos que hacer, cómo hemos de vivir. Necesitamos un argumento, un "guión" de vida. En el placer que siente el niño cuando pide que le repitan una y otra vez, y siempre igual, el mismo cuento, reconocemos el mismo mecanismo: el niño espera siempre que papá y mamá le digan lo que tiene que hacer, y así va aprendiendo a convivir con los demás. ¿Y no seguimos haciendo lo mismo de adultos? ¿Seguir un guión, repetir constantemente los mismos actos, o pedir a los demás que nos repitan el mismo "cuento" para asegurarnos nuestra propia consistencia... no nos exime de la responsabilidad de tener que inventar un guión nuevo, de vivir de forma distinta a como nos han acostumbrado, de ser nosotros mismos por una vez en la vida?
Entonces, ¿qué debe enseñar un padre? ¿Cómo asumir la tremenda responsabilidad de ser el modelo de esas identificaciones? Hay padres ausentes, que como superficies pulidas, no ofrecen al hijo nada donde agarrarse, ninguna posibilidad de identificación. Hay padres despóticos, que imponen un único modelo rígido e inmutable. entre uno y otro extremo, un buen padre... ¿no será aquel que, más allá de proponer un modelo u otro, permite al hijo interrogarse quién soy y, más aún, qué quiero ser? entre la identidad y la diferencia hay un camino que es único para cada ser humano y que, por ello, está llamado a recorrer. Un buen padre, tal vez, es el que permite al hijo, más allá de cómo él mismo sea, recorrer ese camino: acoger la diferencia. Ese es uno de los nombres de la libertad. La tan famosa reivindicación "Déjame cometer mis propios errores" significa déjame cometer los mismos errores de todo ser humano, pero a mi manera. Hay que preguntarse por qué los hijos suelen cometer los mismos errores que los padres. Se trata de no evitar al hijo el riesgo, el peligro, el dolor, sino acompañarlo en su travesía. No sobreprotegerlo, sino exponerlo con prudencia. No imponerle, sino proponerle.
Ahora bien, ¿qué enseña un padre a su hijo varón?
Todos pensamos por cultura y tradición que lo que se transmite es la masculinidad, la virilidad: se le enseña que hay que tener dos -un buen par-, que hay que tenerlos bien puestos y que de vez en cuando hay que colocarlos encima de la mesa para hacerse respetar. Además de inculcarle la importancia de estar anatómica y metafóricamente dotado de autoridad, habrá que enseñarle una serie de valores: los hombres no lloran, mueren de pie y cuando se es padre se comen huevos, y así sucesivamente.
O sea, que un hombre es, ni más ni menos, que lo que es capaz de mostrar y de demostrar, es decir, la potencia, en sentido amplio, en el plano sexual, social, económico, intelectual...
Ahora bien, este, de nuevo, es el ideal. Porque no todos los padres tienen la misma potencia que transmitir. Y, además, no sólo la potencia en bruto: el buen padre debe enseñar al hijo que esa maravillosa energía para estar en el mundo, transformarlo y disfrutar de las cosas, tiene sus límites.
No se puede todo, no se puede tener todo, no se puede ser todo. Un buen padre es también, y sobre todo, un padre ético. Y es ahí donde David Kepesh fracasa, porque condena a su hijo a una impotencia que no es sexual, ni económica, ni social: le condena a la impotencia ética, incapaz de decidir qué está bien y qué mal para su propia vida, incapaz de descubrir que la verdadera potencia de un hombre debe evitar los dos falsos extremos de la omnipotencia -creerse más de lo que se es- y de la impotencia -creerse menos-... Y este es el otro nombre de la libertad. David no es libre y hace a su hijo esclavo de su propia neurosis, le encadena a una identidad que le oprime porque no se reconoce en ella, al verse repitiendo la historia paterna.
Hemos hablado de la libertad. La libertad no es decir lo que uno piensa, sino pensar lo que uno dice. No es hacer lo que uno quiera, sino querer lo que uno hace. ¿Es David consecuente con la libertad que él mismo predicaba y que, aparentemente, disfrutaba? Dejo la pregunta abierta...
Entonces, ¿qué debe enseñar un padre? ¿Cómo asumir la tremenda responsabilidad de ser el modelo de esas identificaciones? Hay padres ausentes, que como superficies pulidas, no ofrecen al hijo nada donde agarrarse, ninguna posibilidad de identificación. Hay padres despóticos, que imponen un único modelo rígido e inmutable. entre uno y otro extremo, un buen padre... ¿no será aquel que, más allá de proponer un modelo u otro, permite al hijo interrogarse quién soy y, más aún, qué quiero ser? entre la identidad y la diferencia hay un camino que es único para cada ser humano y que, por ello, está llamado a recorrer. Un buen padre, tal vez, es el que permite al hijo, más allá de cómo él mismo sea, recorrer ese camino: acoger la diferencia. Ese es uno de los nombres de la libertad. La tan famosa reivindicación "Déjame cometer mis propios errores" significa déjame cometer los mismos errores de todo ser humano, pero a mi manera. Hay que preguntarse por qué los hijos suelen cometer los mismos errores que los padres. Se trata de no evitar al hijo el riesgo, el peligro, el dolor, sino acompañarlo en su travesía. No sobreprotegerlo, sino exponerlo con prudencia. No imponerle, sino proponerle.
Ahora bien, ¿qué enseña un padre a su hijo varón?
Todos pensamos por cultura y tradición que lo que se transmite es la masculinidad, la virilidad: se le enseña que hay que tener dos -un buen par-, que hay que tenerlos bien puestos y que de vez en cuando hay que colocarlos encima de la mesa para hacerse respetar. Además de inculcarle la importancia de estar anatómica y metafóricamente dotado de autoridad, habrá que enseñarle una serie de valores: los hombres no lloran, mueren de pie y cuando se es padre se comen huevos, y así sucesivamente.
O sea, que un hombre es, ni más ni menos, que lo que es capaz de mostrar y de demostrar, es decir, la potencia, en sentido amplio, en el plano sexual, social, económico, intelectual...
Ahora bien, este, de nuevo, es el ideal. Porque no todos los padres tienen la misma potencia que transmitir. Y, además, no sólo la potencia en bruto: el buen padre debe enseñar al hijo que esa maravillosa energía para estar en el mundo, transformarlo y disfrutar de las cosas, tiene sus límites.
No se puede todo, no se puede tener todo, no se puede ser todo. Un buen padre es también, y sobre todo, un padre ético. Y es ahí donde David Kepesh fracasa, porque condena a su hijo a una impotencia que no es sexual, ni económica, ni social: le condena a la impotencia ética, incapaz de decidir qué está bien y qué mal para su propia vida, incapaz de descubrir que la verdadera potencia de un hombre debe evitar los dos falsos extremos de la omnipotencia -creerse más de lo que se es- y de la impotencia -creerse menos-... Y este es el otro nombre de la libertad. David no es libre y hace a su hijo esclavo de su propia neurosis, le encadena a una identidad que le oprime porque no se reconoce en ella, al verse repitiendo la historia paterna.
Hemos hablado de la libertad. La libertad no es decir lo que uno piensa, sino pensar lo que uno dice. No es hacer lo que uno quiera, sino querer lo que uno hace. ¿Es David consecuente con la libertad que él mismo predicaba y que, aparentemente, disfrutaba? Dejo la pregunta abierta...
miércoles, 24 de julio de 2013
EL CIELO NO ES COMO NOS LO HABÍAN CONTADO
EL CIELO NO ES COMO NOS LO HABÍAN CONTADO… ( I )
¿Cómo nos imaginamos el “cielo” en
nuestra mitología judeocristiana? Como un lugar beatífico, intemporal,
ingrávido; un lugar donde las almas, simplemente, están, en un estado de eterna
bienaventuranza. Nos lo imaginamos entre nubes aureoladas con sutiles arcoiris.
Un lugar fuera del espacio-tiempo. Infinito y eterno. Perfecto.
Hay una característica del cielo
cristiano que, además de las ya descritas, lo constituye de forma esencial: en
él nos vamos a (re)encontrar a todos nuestros seres queridos. El cielo es un
lugar donde se reúnen para siempre las almas de los que han sido separados en
la existencia terrena por múltiples circunstancias, principalmente la muerte.
En realidad, hay dos imágenes de perfección en la mitología cristiana: el paraíso y el cielo. Del paraíso fuimos expulsados por el pecado original de los homínidos ancestrales: Adán y Eva. Expulsados, dicho sea de paso, por acceder al conocimiento prohibido, que no es otro sino el conocimiento de la diferencia sexual, puesto que por primera vez después de probar la fruta fatal, sienten vergüenza de su desnudez.
Del paraíso, entonces, fuimos expulsados, no hay retorno posible. Sin embargo, el cielo nos fue prometido: nos será concedido si, y sólo si, hemos llevado una existencia terrena virtuosa, si hemos sido buenos.
Ambos, paraíso y cielo, nos ofrecen imágenes de completad, de perfección. Entre ambos transcurre nuestra existencia mortal, dolorosa, miserable, valle de lágrimas, travesía del desierto. Nuestra vida, extremadamente frágil, expuesta al paso del tiempo, a la enfermedad, a la incertidumbre, se halla sometida a destinos inescrutables,a fuerzas que nos dominan y doblegan nuestra voluntad y nuestra capacidad de entendimiento... y sujetos, final e inexorablemente, a la muerte.
Pues bien, desde entonces y hasta ahora, el ser humano, se dice vulgarmente, ha intentado recuperar el Paraíso perdido.... pero... reinventándolo. se dice que ese paraíso perdido es la vida intrauterina: el período único e irrepetible en el que el feto lo tiene "todo" sin esfuerzo y posee, por tanto, una existencia en cierto modo "perfecta". Se habla por ello del nacimiento como del trauma original, el trauma por excelencia, el momento de la "expulsión del paraíso"...
Esta es una teoría en todo caso respetable. No podemos negar que habita nuestro imaginario. Y tal vez por eso, en las primeras asociaciones prehistóricas, la madre, que es la Tierra, aquella que nos da la vida, que nos da a luz y nos nutre, es la que nos recibe de nuevo cuando morimos; y es por eso que el ser humano prehistórico "inventa" el enterramiento de los muertos: es la tierra que nos "dio" al mundo la que nos recibe cuando lo abandonamos. Principio y fin confluyen de forma inmutable.
Pero sea como sea, lo cierto es que toda la evolución de la Humanidad es el intento progresivo, a lo largo de tantos siglos, de "recuperar" ese estado mítico de perfección: alteramos nuestro medioambiente, la Naturaleza, para crearnos un hábitat cada vez más seguro, más confortable... y la capacidad de perfección, gracias a la ciencia y a la técnica, parece no tener límite. Los grandes centros comerciales, los complejos turísticos, los hogares inteligentes, la progresiva aceleración de los medios de transporte y de las comunicaciones, los millares de aparatos electrodomésticos y gadgets de todo tipo que buscan sin éxito colmar nuestro deseo... por no hablar de los "milagros" de la medicina, que prolongan y mejoran nuestra existencia, acercándonos a ese viejo sueño de la inmortalidad, de una mítica Edad de Oro..
En definitiva, la Humanidad busca desde la noche de los tiempos, desde las pinturas rupestres, por las que, según suponemos, nuestros antepasados remotos pretendían de forma mágica atraer la caza.... desde sus orígenes mismos, digo, la Humanidad ha buscado, si se me permite la expresión, sustituir la Naturaleza original, caprichosa e imprevisible, terrible e inhóspita tantas veces, indomeñable... por una segunda naturaleza previsible, segura, perfecta. Dicho de otro modo, el anhelo de una "realidad virtual" susceptible de suplir las deficiencias de la "realidad" natural, está inscrito ya desde el comienzo en el corazón de lo humano...
Y es ahí precisamente a donde quería llegar. Dijimos antes que el Cielo es el lugar en el que se nos promete encontrarnos con nuestros seres queridos -con todos- en perfecta armonía y para siempre y, por supuesto, con una plena conciencia en la cual ningún recuerdo -ni el más nimio- se pierde, estado de omnisciencia similar al de Dios o, al menos, al de los Arcángeles -porque allí, en el Cielo, nos habremos convertido en eso, ¿no? en.... ángeles...
Si esto es así... ¿no hemos inventado los humanos ya el cielo? ¿No nos ofrece INTERNET la forma más acabada del Cielo en la Tierra?
lunes, 22 de julio de 2013
TIME IS MONEY
TIME IS MONEY: LA ECONOMÍA DEL TIEMPO ( I )
Todo tiene su momento y todo cuanto se hace debajo
del sol tiene su tiempo. Hay tiempo de nacer y tiempo
de morir;
tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo
plantado; tiempo de matar y tiempo de curar; tiempo
tiempo de destruir y tiempo de edificar;
tiempo de
llorar y tiempo de reír; tiempo de
lamentarse y tiempo
de
danzar; tiempo de esparcir las piedras y tiempo de
amontonarlas; tiempo de abrazarse y tiempo
de
separarse; tiempo de buscar y tiempo de
perder;
tiempo
de guardar y tiempo de tirar; tiempo de rasgar y
tiempo de coser; tiempo de callar y tiempo
de hablar;
tiempo de amar y tiempo de aborrecer; tiempo
de guerra
y
tiempo de paz.
ECLESIASTÉS, 3, 1-8
Time is Money,
sentencian los americanos. El tiempo es
oro, decimos nosotros, añadiendo a la cruda materialidad sajona una cierta
–más aparente que real- connotación estética.
Frente a esta
afirmación, de alcance universal, las almas bienpensantes se han rebelado
siempre. El tiempo es algo demasiado valioso para convertirlo en moneda de
cambio; el tiempo es algo sublime, puro, es un valor superior. Hay cosas que no se pueden comprar,
proclaman esas almas bienpensantes, añadiendo el tiempo a la lista de
dimensiones y virtudes que, como la amistad o la honestidad, constituyen lo
mejor del ser humano.
Sin embargo, si nos
atrevemos a mirar bajo la brillante –y en apariencia compacta- superficie de
estos argumentos, podemos extraer algunas reflexiones valiosas. De entrada,
parece que con ellos se limita la economía al ejercicio de la compra-venta. De
acuerdo: comprar y vender son operaciones básicas de la economía, el grado cero
de la economía, por así decirlo. Con ellas, a los objetos se les asigna un
valor cuantificable, un precio. Ese valor va asociado a la invención del
dinero. Así, las cosas, los objetos que en sí mismos están dotados de
cualidades (por ejemplo, el cuchillo afilado,
el coche veloz, la obra de arte bella), adquieren un valor
cuantificable: aquello que valen en relación a los otros objetos del mundo:
así, por ejemplo, la obra de arte puede ser más valiosa que un coche, que de
seguro es más valioso que un cuchillo, y así sucesivamente, en virtud del valor
relativo que por mediación del dinero les ha sido asignado. El dinero se
constituye, de este modo, en el objeto por excelencia, aquél que permite
intercambiar todos los demás objetos del mundo entre sí.
Se dice, por ejemplo,
volviendo entonces al argumento anterior, que la amistad no se puede comprar. Y aunque como principio ético nos
vale, en la realidad vemos que sí puede ocurrir. Como contrapartida, también se
dice que todos tenemos un precio… y
en estos tiempos en que la crisis económica generalizada está desvelando que la
corrupción se ha infiltrado en las vidas de las personas mucho más de lo que
nunca nos hubiéramos atrevido a admitir, hemos de reconocer que los antiguos
valores (valor, por cierto, es un término económico) son los que están en crisis junto con la economía… ¿habrá un
paralelismo que aún no ha sido suficientemente pensado? Vamos a dejar, por el
momento, la pregunta ahí.
Hablábamos de cualidad
y de cantidad. En nuestra civilización occidental, heredera del maniqueísmo,
tan dada a dividir el mundo en dos, nos hemos empeñado desde tiempos
inmemoriales –al menos desde Platón- a separar el mundo de las Ideas, sublime y
perfecto, del mundo de las cosas, efímero y caduco. Por ejemplo, con la alianza
entre el platonismo y el cristianismo, aprendimos a venerar el espíritu, el
alma, y a condenar la carne. En definitiva, a apreciar la cualidad y a
despreciar la cantidad.
Ahora bien. El tiempo
se nos presenta aquí como algo problemático. Porque el tiempo es algo
cuantificable: lo dividimos en segundos, minutos, horas, días, siglos, eras,
etc. Se puede medir. Y a poco que sigamos en este sentido, podemos pensar la
relación del tiempo con el dinero. Un antiguo amigo me dijo una vez que el
trabajo no era ni más ni menos que el acuerdo entre dos personas: una posee
dinero y la otra dispone de tiempo; la primera compra el tiempo de la segunda.
Luego vemos que el tiempo, en el origen mismo de la economía, ya es dinero. Las
almas bienpensantes no pueden –o no deberían- escandalizarse de esta deducción,
porque es irrebatible. Me discutirán que el tiempo es otra cosa; los marxistas
me dirán que no es el tiempo, sino la fuerza de trabajo… tal vez, pero la
primera mercancía es el tiempo.
¿O tal vez es que hay
dos tiempos, uno que se puede comprar y otro que no se puede comprar? Los
romanos lo dividían en otium –ocio- y
negotium –neg-ocio, es decir, lo
contrario del ocio, su negación. ¿Dónde comienza cada uno? Vamos a pensar por
un momento en la infancia. El niño, a medida que va creciendo, se va regulando
por determinadas medidas del tiempo, la más básica de las cuales es el día y la
noche: un tiempo de dormir y un tiempo de estar despierto; en parte, hay una
serie de ritmos biológicos que contribuyen a establecer la objetividad de ese
tiempo. La alimentación es el segundo elemento que regula el tiempo del niño. Y
ahí vemos que la supuesta objetividad del tiempo ya es imposible, porque hay
padres que son más flexibles y padres que son más intransigentes con dichos
ritmos, lo cual tiene consecuencias en el crecimiento físico y psicológico del
hijo. Con la adquisición del caminar o del lenguaje, también observamos
diferencias muy pronto: hay niños precoces y niños retardados con relación al
desarrollo de ambas habilidades. La relación del niño con su propio
crecimiento, como vemos, no depende del todo de él. Posteriormente, se acomete
la ardua labor del control de esfínteres, y en esto la variedad de conductas
resulta curiosa. El hecho de que no se pueda orinar o defecar en cualquier
sitio significa que tampoco se puede hacer cuando uno quiere; a menudo hay que
“aguantarse”. El empeño de muchos padres en poner a sus hijos a hacer sus
“necesidades” cuando no tienen ganas ilustra las formas diferentes en que se
puede imponer esta disciplina del tiempo… ¡y aun hay adultos, como se dice
vulgarmente y disculpen la expresión, que cagan
como un reloj! O la obsesión por la rapidez y la eficiencia en la vida cotidiana, por poner otro ejemplo, define al cagaprisas.
Luego la constitución del tiempo parece que algo tiene que ver con el Otro, con los otros que resultan significativos para el niño… porque, vamos a decirlo claramente, cuando el padre o la madre imponen reglas de conducta, imponen una violencia necesaria para el desarrollo psíquico del pequeño, que debe renunciar a placeres y necesidades que hasta ese momento no habían tenido control de ningún tipo: el niño se va a resistir de forma natural, pero para convivir con los demás deberá renunciar de forma dolorosa a la inmediatez de sus necesidades y deseos, para posponerlos, para dilatarlos. Y a la vez, el hecho de que papá o mamá quieran de mí esto o aquello, condiciona primero una determinada forma de conseguir su amor, su aprobación, el que ellos estén contentos conmigo, pero es que además ese modelo va a condicionar en segundo lugar la forma en que yo me relacionaré con los demás en el futuro.
Así pues, si podemos expresarnos de este modo, el niño vive en una especie de presente eterno, ilimitado, del que es progresivamente arrancado por las exigencias de la cultura, que poco a poco va parcelando ese tiempo y, con ello, capacitándolo para la convivencia. El exceso o el defecto en esta violencia necesaria que se ejerce sobre ese tiempo originario tiene, como digo, sus consecuencias: desde el niño que se somete con facilidad -y que acabará cagando como un reloj para complacencia de sus padres- hasta el que se rebela contra ello -y ahí, desde el estreñimiento hasta la diarrea, pasando por la enuresis, hasta formaciones más complicadas como el colon irritable, una serie de síntomas se constituyen expresando distintas formas de resistencia a la renuncia de la pulsión o de fracaso de esa misma resistencia.
Madurar, por tanto, hacerse humano, implica, por tanto, salir del presente eterno edénico, paradisíaco, y hundirse en el tiempo finito, ser proyectado a un tempus dividido en pasado, presente y futuro, un tiempo que nos hace frágiles y, en definitiva, mortales.... pero humanos. La conciencia del paso del tiempo. Y por tanto, de su valor. El tiempo es oro...
Luego la constitución del tiempo parece que algo tiene que ver con el Otro, con los otros que resultan significativos para el niño… porque, vamos a decirlo claramente, cuando el padre o la madre imponen reglas de conducta, imponen una violencia necesaria para el desarrollo psíquico del pequeño, que debe renunciar a placeres y necesidades que hasta ese momento no habían tenido control de ningún tipo: el niño se va a resistir de forma natural, pero para convivir con los demás deberá renunciar de forma dolorosa a la inmediatez de sus necesidades y deseos, para posponerlos, para dilatarlos. Y a la vez, el hecho de que papá o mamá quieran de mí esto o aquello, condiciona primero una determinada forma de conseguir su amor, su aprobación, el que ellos estén contentos conmigo, pero es que además ese modelo va a condicionar en segundo lugar la forma en que yo me relacionaré con los demás en el futuro.
Así pues, si podemos expresarnos de este modo, el niño vive en una especie de presente eterno, ilimitado, del que es progresivamente arrancado por las exigencias de la cultura, que poco a poco va parcelando ese tiempo y, con ello, capacitándolo para la convivencia. El exceso o el defecto en esta violencia necesaria que se ejerce sobre ese tiempo originario tiene, como digo, sus consecuencias: desde el niño que se somete con facilidad -y que acabará cagando como un reloj para complacencia de sus padres- hasta el que se rebela contra ello -y ahí, desde el estreñimiento hasta la diarrea, pasando por la enuresis, hasta formaciones más complicadas como el colon irritable, una serie de síntomas se constituyen expresando distintas formas de resistencia a la renuncia de la pulsión o de fracaso de esa misma resistencia.
Madurar, por tanto, hacerse humano, implica, por tanto, salir del presente eterno edénico, paradisíaco, y hundirse en el tiempo finito, ser proyectado a un tempus dividido en pasado, presente y futuro, un tiempo que nos hace frágiles y, en definitiva, mortales.... pero humanos. La conciencia del paso del tiempo. Y por tanto, de su valor. El tiempo es oro...
sábado, 20 de julio de 2013
AMOUR, MON A(R)MOUR
El amor cortés es uno de los fenómenos que, si hemos de creer a Denis de Rougemont, en su ya clásico ensayo El amor y Occidente, más ha influido en el imaginario y en las formaciones simbólicas de nuestra cultura. Es un libro que les aconsejo a todos ustedes. Jacques Lacan, en su Seminario VII, La ética del psicoanálisis, lo nombra, aunque él personalmente prefiera los trabajos de Henry Corbin sobre la caballería espiritual en el sufismo y en el cristianismo. No voy a entrar en tan apasionante discusión, ni voy a glosar a estos autores, al menos no en esta entrada. Tan sólo quisiera dejar aquí un pequeño apunte que espero merezca su interés.
Y es que late en nosotros una extraña fascinación en la
imagen que confronta y a la vez funde la desnudez o la pureza de vestimentas virginales en la
mujer y la rutilante dureza de la armadura en el hombre.
En este asunto, debemos ir más allá de
escleróticas lecturas sobre la debilidad de uno de los sexos, tradicionalmente adjudicado al femenino, aunque no necesariamente. Podemos comprobar que de hecho, el uso de la armadura no es privativo de la posición masculina.
Sin embargo, a pesar de la existencia de mitos de doncellas y hembras guerreras, de amazonas fieras que subvierten esa consoladora y trasnochada certeza de que la mujer es el "descanso del guerrero", puesto que en efecto, durante un largo período de nuestra historia, nos guste o no, fue así... a pesar de ello, digo, creo que la iconografía de que disponemos, habrá de
movernos a pensar de otro modo la esencial disarmonía de los sexos y su
azaroso y nunca garantizado encuentro.
Tal vez la "fortaleza" del
hombre, representada por la invencible armadura, no sea sino una trampa,
un destino fatal: incapaz de mostrar su fragilidad, el hombre se
refugia en su armadura para resultar invencible
a las armas de su enemigo, pero esa piel dura que lo protege se acaba
convirtiendo en su más sórdida mazmorra: precisa alegoría del hombre que
no puede amar a la mujer sin armadura, porque su simbólica desnudez lo
feminizaría y lo volvería impotente. Los complejos y exquisitos rituales
del amor cortés dan cuenta de la siempre imcompleta, precaria
sublimación del sexo en amor...
Amour, mon A(r)mour...
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