jueves, 24 de noviembre de 2016

LA DEMOCRACIA Y LA MUERTE





LA DEMOCRACIA Y LA MUERTE



Todos hablamos de democracia, todos deseamos la democracia, apostamos por ella, votamos por ella.

En la democracia caben todas las opiniones, expresión de nuestra diferencia, de nuestra diversidad. Sin embargo, las diferencias nos separan, nos dividen, nos enfrentan, y todo el mundo tiene el mismo derecho a decir y hacer lo que sus principios y convicciones le dictan. Esta es la premisa básica de la democracia, el axioma que enuncia su posibilidad misma y, a la vez, por tanto, y paradójicamente, representa al mismo tiempo su principio de imposibilidad. Todas las metáforas de la hermandad, de la fraternidad, los revolucionarios deseos de igualdad, se enfrentan siempre con las subjetividades individuales, poseídas por las pulsiones, los celos, los complejos de superioridad e inferioridad, etcétera.

Aquello que nos une (la diferencia), nos separa. La democracia es siempre, por tanto, no una realidad lograda de una vez por todas, sino un pro-yecto, un por-venir. Es, por decirlo así, un ideal al que tendemos, un faro que, en los mares tempestuosos de la convivencia en la polis, guía nuestro timón hacia puerto seguro.

Sin embargo,¡Ay, sin embargo! Hay una sola cosa en este mundo absolutamente democrática: la MUERTE. Es lo único en este absurdo e inexplicable universo que nos hace a todos iguales. Esto se sabe en Occidente al menos desde la Edad Media.

El ser humano no es como los animales, cuyo instinto de supervivencia les preserva de las condiciones externas que ponen en peligro la vida. Pero en el hombre el instinto de supervivencia es otra cosa: un ser humano puede preferir preservar una idea antes que su propia vida, por poner sólo un ejemplo.La relación del ser humano con la vida y la muerte es muy compleja. A veces uno prefiere morir antes que vivir, antes que seguir viviendo en determinadas condiciones. Y no siempre esta es una elección consciente, como es el caso del suicidio. La "elección", como ya dijo Freud, es forzada, porque es inconsciente: la muerte viene siempre de forma intempestiva, inoportuna, imprevista, o al menos así la experimentamos a menudo. Pero hay quienes se sientan a esperarla, quienes la aman y la adoran, quienes fundan y siguen culturas de la muerte.

En definitiva, ésta sólo pretende ser una pequeña, humilde meditación más allá de la política, una reflexión metapolítica, si me lo permiten.

Guardar un minuto de silencio por alguien que ha muerto no significa ninguna complicidad con el fallecido, no es propiamente un homenaje a nadie. Es simplemente el reconocimiento colectivo de que TODOS sin excepción vamos a morir, de que la muerte llega por igual para todos. La enormidad de la muerte, su absurdo, su tremenda inminencia, es lo único que en ese pequeño, insignificante acto ritual, nos une y nos permite confraternizar. Todos, todos nosotros sin excepción, somos seres desamparados en un mundo en el que la única certeza absoluta (ni filosofías, ni religiones, ni ideales políticos) es la de que todos vamos a morirnos algún día.

Tal vez, si pensáramos un poco más en esto, las diferencias nos unirían un poco más de lo que nos separan, la discordia se transformaría en concordia, y la vida prevalecería un poco más sobre la muerte.

lunes, 29 de agosto de 2016

¿PARA QUÉ SIRVE LA BELLEZA?

Pues, de lo terrible lo bello no es más que ese grado
que aún soportamos. Y si lo admiramos
es porque en su calma desdeña destruirnos.
Todo ángel es terrible

RAINER MARIA RILKE, Elegías a Duino





https://www.youtube.com/watch?v=VKtdcDbBNi0



   
Es indudable que la "belleza" es una de las dimensiones fundamentales de la vida humana desde sus mismos orígenes. 

En todas las culturas, a lo largo de la Historia, diversas manifestaciones artísticas y técnicas de cuidado y embellecimiento del cuerpo muestran que desde tiempos inmemoriales, desde el principio mismo, el hombre ha mostrado un sentimiento estético. Desde las propias pinturas rupestres, cuya verdadera función aún desconocemos, hasta utensilios domésticos y bélicos, el espíritu humano ha decorado, ha dotado de una dimensión nueva todos los objetos de su entorno, incluido, como acabo de mencionar, y de forma muy especial, el propio cuerpo: el vestido, el maquillaje, los aceites y perfumes, los "accesorios" (fíbulas, diademas, cinturones, joyas...), el arte del peinado y, mucho más allá, el estilo propio, las maneras (andares, formas de protocolo, de salutación, los conceptos de elegancia y gracia...).

La música, la pintura, la escultura, la danza aparecen ya en las primeras etapas de la hominización en sus formas más rudimentarias y se desarrollan de forma exponencial y con una variedad absolutamente inabarcable.

Pero si es indudable que el sentido de la belleza es intrínseco al ser humano, también podemos decir que su definición es problemática, por no decir imposible. La disciplina filosófica denominada "Estética" ha intentado desde su fundación hallar una definición universal de belleza, Una definición que no se va a encontrar si lo que intentamos delimitar es su "esencia". 

Ahora bien. Si no podemos responder a la pregunta qué es la belleza (tantas cosas se han dicho de ella, que es como si no se hubiera dicho nada), tal vez podamos acercarnos a ella de otro modo que dirigiéndonos directamente a su corazón, podemos rodearla, "vigilarla", observarla (¡contemplarla!) e intentar responder a la pregunta para qué la belleza. Qué función cumple en el juego de fuerzas, en el entramado vital que nos hace humanos, capaces de apreciarla. Para qué sirve la belleza, qué objeto tiene admirarla, poseerla, crearla. No creo exagerar si afirmo que el hombre necesita rodearse de belleza para poder vivir, más aún, para poder sentirse humano. ¿En qué consiste esa necesidad?

Desde Platón, en Occidente existe una asociación, ya inscrita en nuestro "inconsciente colectivo" (permítanme esta expresión, algún día escribiré sobre él), que hace equivalentes los términos Belleza, Verdad y Bien. Esta sagrada Trinidad ha cruzado los siglos de Europa inalterable, inmutable, segura de su divina potencia para convocar a los espíritus humanos en torno a sí. Si percibimos algo como bello, lo tomamos por bueno y verdadero. Y, por contra, algo que designamos como "feo", queda de forma automáticamente inconsciente asociado a lo malo o lo falso. Podríamos añadir el término Pureza, que me parece un significante tradicionalmente imbricado al concepto mismo de belleza, lo que nos remite a una arcana naturaleza alquímica de la misma, como si la Belleza fuera la forma Verdadera, Buena, Pura de la materia, extraída a través de un proceso de sublimación. Numerosos estudios psicológicos vienen demostrando desde los años 60 del pasado siglo que personas consideradas bellas físicamente obtienen con más facilidad puestos de trabajo y son consideradas como más persuasivas y más dignas de confianza. Es uno de los principios fundamentales, por otro lado, de la publicidad...

Un primer acercamiento a su misterio, a su enigma, es pensar en la economía del placer. La belleza, su contemplación, su posesión, su creación producen placer. Un placer que radica... ¿en los órganos de los sentidos? ¿en el cerebro? No, la belleza parece pertenecer a otra dimensión. Una comida deliciosa podrá tener una bella presentación, pero no es en sí "bella". Lo mismo podemos decir de un perfume cuya fragancia nos arrebata: nos proporciona placer, pero ese olor no es "bello".  

Por otro lado, el exceso de belleza sabemos que puede producir un efecto paradójico de displacer, conocido como "Síndrome de Stendhal", una especie de vértigo del espíritu, una náusea vital, causados por la saturación y embotamiento de los sentidos. ¿Significará esto que hay una cantidad determinada de belleza que el hombre puede soportar? ¿O es simplemente que la explicación de la búsqueda de placer es insuficiente para entender el para qué de la belleza? Sería, por otro lado, como reducir el fenómeno complejo del amor a la serie de reacciones y procesos fisiológicos concomitantes que se producen en los cuerpos de los amantes. Y aunque esta teoría tiene numerosos defensores entre nuestros admirados científicos, y en gran número de legos que parecen aliviados al "degradar" sus complejos y atormentados sentimientos a reacciones neuroquímicas que algún día podrán ser controladas y neutralizadas por la omnipotente farmacología, parece que por lo común, o al menos en muchos de nosotros, la idea de reducir el amor, o el placer de la belleza a mera fisiología simplemente nos repugna.

La belleza está en el interior, se nos dice. No siempre tiene que ver con una hipotética perfección física, por ejemplo, los rasgos de un rostro. Pensemos en uno atractivo en sumo grado, el más hermoso que nos quepa imaginar. Ahora, de repente, ese rostro habla, y lo hace con una voz chillona, en extremo desagradable, o simplemente, con voz aterciopelada dice una palabra malsonante o una afirmación soez. ¿No es cierto que en ese preciso instante algo de la "belleza" física de ese rostro "perfecto" se desvanece para siempre como un espejismo? ¿Qué ha sucedido ahí? 

Tal vez es que en el concepto de belleza hay entrelazadas, cual hilos invisibles, otras dimensiones. Por ejemplo, la armonía, el equilibrio... este era el ideal griego de belleza... En los inicios del cine sonoro, muchas estrellas rutilantes hubieron de ser dobladas porque sus voces, absolutamente inapropiadas para el glamour que su presencia física exigía, amenazaban con destruir su merecida fama. En definitiva... en la belleza está involucrado algo del orden del equilibrio, de la armonía, algo bello es la definición de un "conjunto armonioso". El símil con la música es indiscutible: para que una composición musical agrade al oído, debe responder a un harmonium, a una escala, a una jerarquía de sonidos que se combinan entre sí siguiendo reglas inamovibles. Si una "nota discordante" se intercala de repente en esa fluida estructura, de repente nuestros oídos chirrían, y la belleza del conjunto se echa a perder.



Galatea, de Gustave Moreau




Entonces, parecería que este es el para qué de la belleza, para esto sirve: para crear orden, armonía, serenidad en la vida humana... ¿Es esto suficiente? ¿Es imprescindible? Parece que existen muchas formas de crear orden y nada tienen que ver con la estética, con la búsqueda de la belleza. La historia muestra cómo la educación y las mil formas de disciplina sociopolítica han producido orden y armonía sin acudir al arte, sin necesitar de él, incluso prescindiendo de él. Es más, a menudo el arte ha sido considerado subversivo, peligroso, desestabilizador. La belleza arrastra, enloquece, embarga los sentidos, embriaga, enajena... 

Hay un antiquísimo tema mitológico que todos ustedes conocerán: el de "la Bella y la Bestia". Este mitologema ha alimentado muchas historias en todas las civilizaciones y culturas. Una de las más populares es la historia de King Kong. Desde su primera aparición en el cine, en 1933, hasta la versión más reciente, del 2005, la historia se abre o se cierra con un enigmático proverbio árabe: 

“Y entonces, la Bestia miró el rostro de Bella. Y detuvo su mano asesina. Y desde ese día, estuvo destinada a morir”.

¿Qué hemos de entender aquí? La historia en sí resulta chocante: un simio gigante se siente fascinado por una insignificante humana. Obviamente, no entendemos qué pasa por la cabeza de semejante monstruo. Obviamente, no puede ser su objeto sexual, pues en este caso, el tamaño importa y de forma trágica. Mata por ella, la defiende a riesgo de su propia vida, la quiere poseer. Y muy curioso: su demoledora fiereza frente a otro animal cualquiera, se desvanece en una mezcla de curiosidad y ternura al contemplarla. La bella es tratada por el gigante con una suma delicadeza desconocida en él, imposible en él hasta entonces y fuera de ella. Esta historia es absurda con una evidencia abrumadora. Sin embargo, no nos resulta inverosímil en ningún momento: la aceptamos con una naturalidad no menos asombrosa. 



Jessica Lange, la "Bella", en King Kong (John Guillermin, 1976)



¿No será porque algo nuestro, algo muy latente, muy escondido, resuena en nosotros mismos? ¿No será que nos identificamos de alguna manera, nos reconocemos ahí? El  citado proverbio árabe dice que la Bestia "detuvo su mano asesina". En ningún momento la alza contra la Bella. Muy al contrario, su mano, asesina en cualquier otra ocasión, se convierte en lecho, mecedora, fortaleza inexpugnable para Bella. 

Y es que, en efecto, la belleza es uno de los grandes antídotos contra la violencia de la vida, contra la inhospitalidad del mundo... en definitiva, contra la muerte. La belleza nos ayuda a burlar la muerte, nos desvía por caminos placenteros, hace la vida más ancha (ya que no puede hacerla más larga), nos consuela de sinsabores y sufrimientos. 

No pretendo decir, ni mucho menos, que todo el misterio de la belleza se reduzca a este principio, pero creo que añade una dimensión en la que a menudo no pensamos. Rodearse de belleza, hasta en los gestos y objetos más cotidianos, es sin duda alguna un factor terapéutico muy poderoso. Cuidar los detalles (como decíamos al principio, en la presentación de una comida), prestar atención a los matices de colores al cruzar un parque, o pararse en la vorágine diaria a escuchar unos minutos de la música preferida. Cualquier excusa es buena para introducir belleza (aunque sea de forma minimalista, "homeopática") en nuestras vidas. Párense a pensar 3 ó 4 veces al día en esta propuesta. Merece la pena, se lo aseguro.








jueves, 28 de julio de 2016

REÍRSE DE LA PROPIA SOMBRA








PREGUNTA: ¿Qué tienen en común dos films tan dispares como la mítica “El nombre de la rosa” y la infantil “Monstruos S.A.”?

        Decía SPINOZA que hay dos pasiones que son utilizadas por la política y las religiones para someter a los sujetos. Estas dos pasiones son el miedo y la esperanza. La religión amenaza con un infierno y promete un cielo de eterna bienaventuranza para aquellos fieles que, según su conducta en la tierra, han merecido uno u otro. Del mismo modo, la política, el Estado, utiliza ambos para inducir a sus ciudadanos determinados comportamientos colectivos bajo los cuales se identifican, de forma invariable, diversos grados de sumisión. La manipulación de la opinión pública, la publicidad comercial, las formas de ocio, en íntima comunión con las directrices marcadas por la economía, promueven estados de ánimo colectivos que conducen a los ciudadanos por las sendas programadas.

        De este modo, significantes tan actuales como “crisis” o “hundimiento/recuperación de los mercados” funcionan con una eficacia asombrosa para inocular estados depresivos o eufóricos en las poblaciones. Las amenazas del terrorismo radical, de los cambios climáticos, de las pandemias, de las guerras mundiales por venir, tienen mucho de apocalipsis bíblico, y habría que preguntarse si estas mitologías (aunque se correspondan con realidades), tan bien asumidas por las sociedades occidentales, pero inexistentes en las orientales, no tienen algo que ver con la imparable expansión económica de éstas últimas: allí donde no hay miedo, no hay por qué pararse. El miedo paraliza, todos lo sabemos.
La idea de que la economía es cíclica se traduce, en los términos en los que estamos hablando, en que funciona de forma ciclotímica, con fases de depresión y euforia. Y del mismo modo que un psiquiatra buscará el equilibrio de su paciente maníaco/depresivo con una adecuada combinación de psicofármacos antidepresivos, ansiolíticos y/o euforizantes (recordemos el boom del Prozac), así los poderes político/económicos y espirituales hacen lo propio con los mecanismos culturales e ideológicos.
Hace unos años se estrenó un documental, basado en el bestseller de la respetada Naomi Klein, titulado “La doctrina del shock”. En él, y a través de ejemplos minuciosamente analizados de sucesos acaecidos en el siglo XX, se nos muestra cómo el estado de shock en que queda la población después de una catástrofe medioambiental (como el tsunami que asoló Indonesia) o sociopolítica (atentados del 11-S), es el mejor momento para introducir cambios políticos o económicos que recorten las libertades o derechos de los individuos. El shock es equiparable a un estado de aturdimiento, de anonadamiento, producido después de un ataque intenso de pánico, es decir, de miedo extremo.

En la educación de los niños... ¿no utilizamos acaso las mismas estrategias? Para inculcarles los valores y conductas necesarios para su desarrollo y su futura inserción en la sociedad de sus semejantes, padres y demás educadores utilizamos premios y castigos que responden a promesas (esperanza) y amenazas (miedo). Pero, ¡¡ay!! Dicen que el infierno está empedrado de buenas intenciones, y correspondientemente, aunque nadie lo dice, el cielo lo está de inconsciente mala fe... Si seguimos el símil de los fármacos, tan oportuno y pertinente en nuestra sociedad cada vez más medicalizada, podemos comprobar que existen multitud de efectos secundarios e indeseables, aparte de un margen grande de incertidumbre respecto a los efectos posibles a largo plazo, o casos en los que no se da la esperada respuesta del organismo, sino un efecto de rebote, o el desplazamiento del “mal” hacia algún otro lugar del cuerpo. Del mismo modo, desconocemos los efectos a largo plazo, o la trascendencia de los efectos secundarios (daños colaterales los llaman en términos bélicos) en la introducción de miedos y esperanzas (premios y castigos) en la educación de los niños.
Todos sabemos, además, lo fácil que es desplazar las propias frustraciones, miedos, inseguridades, nuestra neurosis, en fin, hacia (o contra) aquellos seres más desvalidos, aquellos que menos pueden defenderse. Todos, y quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra, hemos tenido experiencia de ello, como pacientes y como agentes. Quién no ha llegado a casa, agotado por la jornada de trabajo y/o abatido por las preocupaciones o las propias frustraciones y, ante la demanda de juego del hijo, no ha hecho explotar toda su violencia con un grito...
En fin, ya ven que el tema nos dirige directamente a “Monstruos S.A.”. En esta obra maestra de Pixar, descubrimos un mundo paralelo en el que habitan los monstruos encargados de aterrorizar a los niños por la noche. Hay toda una eficacísima gestión en la producción de las pesadillas, es decir, una planificación a escala global de la industria del miedo. En un libro famoso, “El miedo y Occidente”, Jean Delumeau revisa los grandes miedos que han aterrorizado a la Europa cristiana, desde la peste o la conspiración judía hasta el fin del mundo. Parece ser que los miedos son como el biopoder, que analizó Foucault, o en fin, como cualquier especie viva, como los virus, o los hombres mismos: los miedos nacen, crecen, se propagan, se reproducen... A veces, como los microorganismos, desaparecen de un entorno para volver a aparecer con mayor virulencia (la palabra virulencia –violencia- viene, por cierto, de virus).
Hay miedos atávicos, ancestrales; miedos primordiales. Tienen su origen en un proceso de larga decantación filogenética, corresponden a peligros reales a los que tuvo que enfrentarse el hombre primitivo: a la noche, a las fieras, a las tribus hostiles... Son miedos adaptativos, responden a peligros reales o posibles. En algún momento de nuestra historia como especie, la noche era peligrosa, porque podían sorprenderte tus enemigos y acabar con tu vida.

Sin embargo, desde sus mismos albores, la humanidad ha inventado demonios y monstruos que no proceden del mundo exterior, que no tienen correspondencia con objetos “reales”. Como su mismo nombre indica, las fuerzas representadas por estos monstruos, producto de la delirante imaginación humana, son fuerzas “sobrenaturales”. Literalmente, de fuera de la naturaleza.
Porque... digámoslo de una vez: sí, el mundo es inhóspito para el hombre que, desprovisto de instintos que lo guían como al resto de especies animales, tiene que crear su propio hábitat para sobrevivir. Sí, el mundo, la Naturaleza, es el primer enemigo del hombre: el rayo, las aguas desbordadas, las fieras... Pero el gran enemigo del hombre es... el propio hombre. El Otro. ¿Por qué? Porque nacemos en el más absoluto desamparo, y somos dependientes, hasta que podemos valernos por nosotros mismos, un tiempo cronológico excesivo, en comparación con el resto del Reino Animal. Somos dependientes, para sobrevivir, del Otro. Y si ese Otro no acude para alimentarnos, para acunarnos, para hablarnos y enseñarnos su lenguaje, morimos. Es por eso que el Otro queda investido con la facultad de darnos la vida... y de quitárnosla. Imaginen que esto ocurre a una edad, recién nacidos, en que no disponemos del lenguaje para expresarlo, para darle forma. Ese miedo o, más que miedo, terror primordial a la Ausencia del Otro o a su Presencia mortal, es, pues, “in-forme”. Es nuestra imaginación la que le da forma, creando así todos los monstruos que en el mundo ha habido y hay. Del mismo modo que la Presencia salvadora, benéfica, del Otro, proporciona la imagen de todos los dioses y espíritus protectores. Todos los cuentos tradicionales infantiles y todas las historias modernas de terror se nutren de este principio.

El miedo y la esperanza, como instrumentos al servicio del poder, por lo tanto, no se dirigen al yo consciente, dotado de lenguaje para racionalizar, para conjurar, para rezar y para inventar paraísos futuros donde refugiarse eternamente. No. El miedo y la esperanza como instrumentos se dirigen a esas regiones profundas, primigenias, inconscientes donde se forjaron las primeras vivencias de desamparo, aquellas a las que no podemos poner nombre y de las cuales, por lo tanto, no podemos defendernos.

Sin embargo, hay una facultad humana capaz de destruir los miedos, de neutralizarlos, de hacer inofensivos los peligros imaginarios. Esa facultad es la risa.

En “Monsters Inc.” (Monstruos S.A., Pete Docter, Lee Unkrich, David Silverman, 2001), los gritos de los niños al ser asustados proveen la energía que sostiene Monstruópolis, la ciudad de los monstruos. Esto es muy interesante, porque el miedo alimenta el miedo en una cadena energética infinita. Sólo al final del film, después de mil peripecias, se revela que la risa produce 10 veces más energía que el grito. Se impone en Monstruópolis una severa reconversión industrial.

Tal vez, evolutivamente, la risa proceda del grito. Es curioso que en situaciones extremas, un pánico extremo produce en el sujeto la paradójica reacción de una risa loca. Puede ser que el grito de guerra cuyo objetivo es aterrorizar al enemigo, o el grito procedente de ese mismo terror se convierta en el estallido eufórico de la risa al vencer al enemigo o conjurar el peligro. Puede incluso que la figura jocosa del payaso sea una derivación evolutiva del monstruo: aquel ser que infunde miedo se convierte, se transforma en el ser que hace reír. Sin embargo, qué cercano a menudo lo cómico de lo macabro; los payasos de los films de terror, que invierten, en una siniestra regresión, su vocación de risa catártica... A menudo, los niños pequeños tienen miedo de los payasos... ¿no será esa la razón profunda?

Por su parte, “El nombre de la rosa” (Jean Jacques Annaud, 1986) propone una parábola ambientada en la Edad Media en torno a un libro perdido de Aristóteles sobre la risa. Es un libro peligroso, “un libro que mata o por el cual los hombres matan”... ¿Por qué habría de ser peligroso? Porque la risa es subversiva. En un diálogo del film, se dice lo siguiente:

Guillermo de Baskerville: ¿Qué tiene de malo la risa?
Jorge de Burgos: La risa acaba con el miedo. Sin miedo no hay fe. Porque sin miedo al diablo, no se necesita a Dios.

Los dioses (de las alturas o de las profundidades) se harían innecesarios, y por tanto los Amos. Este es el gran secreto. Un secreto que hay que preservar. La risa, representante físico de la alegría, como estado anímico, espiritual, podemos decir, es tal vez la máxima expresión de la libertad. La libertad es perder el miedo... incluso a la muerte. Ambos films confluyen en ello: la risa como energía liberadora.
Incluso la propia Iglesia conoce ese poder. En un momento del film, recuerda Guillermo de Baskerville lo siguiente:

“Si hasta se sabe que los santos se servían del humor para ridiculizar a los enemigos de la fe. Por ejemplo, cuando los paganos sumergieron a San Mauricio en agua hirviendo, él se quejó que el agua estaba fría, el sultán metió la mano y se escaldó”

De igual modo, es pertinente recordar el “risus paschalis”, el extraño rito medieval que consistía en que el sacerdote representaba la homilía con actos obscenos y jocosos, supuestamente para que los fieles entendieran mejor el mensaje de las Escrituras. Sin embargo, es un hecho de compleja interpretación, tal vez emparentado con antiguos ritos orgiásticos que derivaron en los famosos carnavales y, como vestigio, en el “risus”.
En cualquier caso, la risa es el acto humano que enfrenta el “carpe diem” al “memento mori”. Ríanse pues, con ganas, hasta de su sombra.

martes, 26 de julio de 2016

LA HUMANIDAD EN PELIGRO









El imaginario del siglo XX -y el del XXI parece seguir el mismo camino- está marcado, en el cine y la novela, sobre todo, por el miedo masivo a la extinción de la raza humana a manos de otras especies, a menudo superiores en fuerza y/o inteligencia: desde extraterrestres más o menos belicosos hasta animales mutantes.

Este miedo, sin embargo, es más ancestral de lo que se supone. Desde las invasiones bárbaras de la Antigüedad, todos los pueblos han temido ser invadidos y reducidos por el Otro, una masa aterradora y arrolladora que nada ni nadie puede detener.

Tal vez los miedos nocturnos infantiles tengan un mismo origen: ser acechados y asaltados, eventualmente destruidos por algún ser maligno que surge de debajo de la cama, o a través de la pared, o por la ventana abierta... El magistral film Monstruos S.A. que disfrutó la generación de nuestros hijos, se basaba en esta idea. Y a él volveremos en breve...

Podemos decir, sin exagerar, y esto ya lo formuló Freud en 1895, que nuestro estado original como seres humanos (y esto es muy importante: antes de adquirir el lenguaje, esto es, antes de poder defendernos con la palabra), es la condición de desamparo. A diferencia de los demás animales, los humanos dependemos durante un tiempo excesivamente prolongado de nuestro progenitores y demás representantes adultos de nuestra raza. Eso, no es descabellado suponer, queda como un trauma para toda la vida, un trauma inconsciente: siempre nos surgirá el miedo (agazapado e irracional) de ser amenazados por el otro.

Pero claro... ¿y nosotros mismos? ¿No somos también a la vez "potencialmente peligrosos" para los otros? Si todos llevamos dentro esa "marca de desamparo" e indefensión primitiva (lean si no los cuentos clásicos de Grimm, Perrault o Andersen para revivir los genuinos miedos de la infancia), si todos padecemos de esa herida primordial, podemos explicar fácilmente la naturaleza esencialmente conflictiva de nuestra convivencia con el prójimo. 

"El hombre es un lobo para el hombre", sentenció Hobbes. Y seguramente (esto es una mera hipótesis, aunque muy verosímil), en sus orígenes la humanidad era una lucha de "todos contra todos". La función primordial de la cultura es en esencia hacer posible la convivencia: las estructuras sociales, comenzando por la familia, los ritos, incluso la religión y los mitos, surgen a través de milenios para consolidar la posibilidad de una "humanidad". Se dice que los actos de darse la mano o beber de la copa del otro entrelazando los brazos son en su origen el gesto de mostrarse mutuamente que no se lleva un arma escondida en la mano o que no se ha envenenado la copa del prójimo.

Podemos pensar por ello que existe un desamparo individual y un desamparo colectivo, forjado éste a imagen de aquél.

Porque tal vez toda la cuestión consiste en una pregunta esencial: ¿hasta dónde podemos confiar en el otro? ¿Y en nosotros mismos, por tanto? Como decía antes, las relaciones humanas se hallan caracterizadas por el conflicto: celos, envidias, miedos, expectativas no cumplidas... desde las más elementales (padres-hijos, hermanos) hasta las amistades o las desarrolladas en el ámbito laboral o en esferas sociales más amplias, hemos de confesar que conocemos bien poco la armonía interpersonal.

No quiero dar una visión demasiado sombría de las cosas. Hay actos de amor, de fraternidad, de generosidad, de convivencia, y no son pocos. Siempre se puede sacar "lo mejor" de cada uno. Pero no es esa la cuestión. La cuestión es que no sabemos si el amor es innato al ser humano, no voy a entrar en esa discusión. Lo que sí es seguro es que no está garantizado: hay que desarrollarlo, hay que protegerlo, hay que alimentarlo. Es frágil. Observen a los niños en el parque: uno quiere el juguete del otro y se pelean: no tienen conciencia de la "propiedad" del otro, sólo de la suya. Hay que enseñarles las virtudes de la generosidad, del compartir, del con-vivir. No es algo que surja espontáneamente de los niños. Se enseña...

A la vista de lo que hacemos los adultos: guerras, saqueos, políticas corruptas, terrorismo en todas sus variedades... no podemos decir que en 30.000 años de "humanidad" hayamos "aprendido" mucho. O tal vez hay que convenir en que aquello que se nos ha enseñado de una generación a otra hay que, como decía antes, cuidarlo, porque es frágil, porque es un bien necesario...

Sí, es cierto, la humanidad está en peligro. No está nunca garantizada. Pero no hablo de la Humanidad como raza, sino de la humanidad de todos y cada uno de nosotros, de lo que nos hace humanos, genuinamente humanos.
Hay una novela (y la consiguiente versión cinematográfica) que recomiendo a todos los que no la conozcan: "La carretera", de Cormac McCarthy. El argumento es sencillo: un padre y un hijo caminan en algún lugar de los Estados unidos hacia el sur, atravesando un paisaje de desolación perpetua. Se deduce de la narración que ha habido algún tipo de conflagración (seguramente una guerra mundial definitiva); que todo está contaminado y el alimento escasea; que frente a esta carestía irreparable gran parte de los seres humanos, para sobrevivir, ha optado por el canibalismo, organizándose en bandas que cruzan los lugares como una continua amenaza para los que no han elegido esa salida; que el padre está enfermo y conduce a su hijo con la esperanza de encontrar, antes de morir, un lugar al sur que no esté contaminado por la radioactividad y, por supuesto, libre de caníbales.

No les voy a contar qué ocurre, cómo se desarrolla la historia. Pero sí hacerles conscientes de la gran paradoja que guía el relato y lo conduce hasta su desenlace: para salvar a su hijo, el hombre no puede confiar en ningún otro ser humano: cualquiera podría ser un caníbal y devorar a su hijo (y a él). Sin embargo, para poder preservar la humanidad de su hijo, NO podrá transmitirle su desconfianza ni su desesperanza. Es decir, el hijo tiene que seguir confiando de algún modo en la humanidad del otro -¡y en la suya propia, por supuesto!. De otro modo, nada impediría que el niño pudiera optar por convertirse él mismo en caníbal, o que el padre, en su desesperación y por mero instinto de supervivencia, acabara devorando a su propio hijo, los mitos antiguos hablan de estas cosas.

Como digo, el hijo tiene que seguir confiando de algún modo en la humanidad del otro para poder creer en la suya propia. Confiar y a la vez no. No devorar, pero no dejarse devorar. Esta transmisión es lo que el psicoanálisis llama la metáfora paterna, el "Nombre-del-Padre". Y significa que la "función del padre" es enseñar al hijo que NO todo se puede, y que NO todo se debe, que hay límites que no deben nunca propasarse. Es una enseñanza, una Ley a la que el propio padre debe someterse, porque no es su dueño, ni su artífice, sino sólo su mero transmisor. 

Esta paradoja, contada a través de una historia de ficción y en una situación límite, está mucho más presente en nuestras vidas cotidianas de los que podríamos creer a primera vista. El canibalismo es sólo una alegoría, una metáfora. El temor a que el otro me invada, me agreda, me engañe, me abandone, me ignore... Ese temor provoca en cada uno de nosotros un abanico de reacciones muy amplio: desde el repliegue y la huida, la depresión, el quedarse "quietecito", la sumisión frente a la superioridad (real o imaginada) del otro, hasta el ataque:agredir antes de que me agredan, pasando por alianzas con terceros, engaños y autoengaños, mentiras piadosas... de todo. Visto esto, ¿qué haríamos cualquiera de nosotros ante situaciones límite como la que nos plantea la novela? Todos retrocedemos espantados ante la posibilidad de ser nosotros los agresores, nos identificamos con "el bueno", pero...

La humanidad, la suya, la mía, la de todos, no está nunca garantizada. Hay que desearla, cultivarla, mimarla, protegerla...





LA HUMANIDAD EN PELIGRO









El imaginario del siglo XX -y el del XXI parece seguir el mismo camino- está marcado, en el cine y la novela, sobre todo, por el miedo masivo a la extinción de la raza humana a manos de otras especies, a menudo superiores en fuerza y/o inteligencia: desde extraterrestres más o menos belicosos hasta animales mutantes.

Este miedo, sin embargo, es más ancestral de lo que se supone. Desde las invasiones bárbaras de la Antigüedad, todos los pueblos han temido ser invadidos y reducidos por el Otro, una masa aterradora y arrolladora que nada ni nadie puede detener.

Tal vez los miedos nocturnos infantiles tengan un mismo origen: ser acechados y asaltados, eventualmente destruidos por algún ser maligno que surge de debajo de la cama, o a través de la pared, o por la ventana abierta... El magistral film Monstruos S.A. que disfrutó la generación de nuestros hijos, se basaba en esta idea. Y a él volveremos en breve...

Podemos decir, sin exagerar, y esto ya lo formuló Freud en 1895, que nuestro estado original como seres humanos (y esto es muy importante: antes de adquirir el lenguaje, esto es, antes de poder defendernos con la palabra), es la condición de desamparo. A diferencia de los demás animales, los humanos dependemos durante un tiempo excesivamente prolongado de nuestro progenitores y demás representantes adultos de nuestra raza. Eso, no es descabellado suponer, queda como un trauma para toda la vida, un trauma inconsciente: siempre nos surgirá el miedo (agazapado e irracional) de ser amenazados por el otro.

Pero claro... ¿y nosotros mismos? ¿No somos también a la vez "potencialmente peligrosos" para los otros? Si todos llevamos dentro esa "marca de desamparo" e indefensión primitiva (lean si no los cuentos clásicos de Grimm, Perrault o Andersen para revivir los genuinos miedos de la infancia), si todos padecemos de esa herida primordial, podemos explicar fácilmente la naturaleza esencialmente conflictiva de nuestra convivencia con el prójimo. 

"El hombre es un lobo para el hombre", sentenció Hobbes. Y seguramente (esto es una mera hipótesis, aunque muy verosímil), en sus orígenes la humanidad era una lucha de "todos contra todos". La función primordial de la cultura es en esencia hacer posible la convivencia: las estructuras sociales, comenzando por la familia, los ritos, incluso la religión y los mitos, surgen a través de milenios para consolidar la posibilidad de una "humanidad". Se dice que los actos de darse la mano o beber de la copa del otro entrelazando los brazos son en su origen el gesto de mostrarse mutuamente que no se lleva un arma escondida en la mano o que no se ha envenenado la copa del prójimo.

Podemos pensar por ello que existe un desamparo individual y un desamparo colectivo, forjado éste a imagen de aquél.

Porque tal vez toda la cuestión consiste en una pregunta esencial: ¿hasta dónde podemos confiar en el otro? ¿Y en nosotros mismos, por tanto? Como decía antes, las relaciones humanas se hallan caracterizadas por el conflicto: celos, envidias, miedos, expectativas no cumplidas... desde las más elementales (padres-hijos, hermanos) hasta las amistades o las desarrolladas en el ámbito laboral o en esferas sociales más amplias, hemos de confesar que conocemos bien poco la armonía interpersonal.

No quiero dar una visión demasiado sombría de las cosas. Hay actos de amor, de fraternidad, de generosidad, de convivencia, y no son pocos. Siempre se puede sacar "lo mejor" de cada uno. Pero no es esa la cuestión. La cuestión es que no sabemos si el amor es innato al ser humano, no voy a entrar en esa discusión. Lo que sí es seguro es que no está garantizado: hay que desarrollarlo, hay que protegerlo, hay que alimentarlo. Es frágil. Observen a los niños en el parque: uno quiere el juguete del otro y se pelean: no tienen conciencia de la "propiedad" del otro, sólo de la suya. Hay que enseñarles las virtudes de la generosidad, del compartir, del con-vivir. No es algo que surja espontáneamente de los niños. Se enseña...

A la vista de lo que hacemos los adultos: guerras, saqueos, políticas corruptas, terrorismo en todas sus variedades... no podemos decir que en 30.000 años de "humanidad" hayamos "aprendido" mucho. O tal vez hay que convenir en que aquello que se nos ha enseñado de una generación a otra hay que, como decía antes, cuidarlo, porque es frágil, porque es un bien necesario...

Sí, es cierto, la humanidad está en peligro. No está nunca garantizada. Pero no hablo de la Humanidad como raza, sino de la humanidad de todos y cada uno de nosotros, de lo que nos hace humanos, genuinamente humanos.
Hay una novela (y la consiguiente versión cinematográfica) que recomiendo a todos los que no la conozcan: "La carretera", de Cormac McCarthy. El argumento es sencillo: un padre y un hijo caminan en algún lugar de los Estados unidos hacia el sur, atravesando un paisaje de desolación perpetua. Se deduce de la narración que ha habido algún tipo de conflagración (seguramente una guerra mundial definitiva); que todo está contaminado y el alimento escasea; que frente a esta carestía irreparable gran parte de los seres humanos, para sobrevivir, ha optado por el canibalismo, organizándose en bandas que cruzan los lugares como una continua amenaza para los que no han elegido esa salida; que el padre está enfermo y conduce a su hijo con la esperanza de encontrar, antes de morir, un lugar al sur que no esté contaminado por la radioactividad y, por supuesto, libre de caníbales.

No les voy a contar qué ocurre, cómo se desarrolla la historia. Pero sí hacerles conscientes de la gran paradoja que guía el relato y lo conduce hasta su desenlace: para salvar a su hijo, el hombre no puede confiar en ningún otro ser humano: cualquiera podría ser un caníbal y devorar a su hijo (y a él). Sin embargo, para poder preservar la humanidad de su hijo, NO podrá transmitirle su desconfianza ni su desesperanza. Es decir, el hijo tiene que seguir confiando de algún modo en la humanidad del otro -¡y en la suya propia, por supuesto!. De otro modo, nada impediría que el niño pudiera optar por convertirse él mismo en caníbal, o que el padre, en su desesperación y por mero instinto de supervivencia, acabara devorando a su propio hijo, los mitos antiguos hablan de estas cosas.

Como digo, el hijo tiene que seguir confiando de algún modo en la humanidad del otro para poder creer en la suya propia. Confiar y a la vez no. No devorar, pero no dejarse devorar. Esta transmisión es lo que el psicoanálisis llama la metáfora paterna, el "Nombre-del-Padre". Y significa que la "función del padre" es enseñar al hijo que NO todo se puede, y que NO todo se debe, que hay límites que no deben nunca propasarse. Es una enseñanza, una Ley a la que el propio padre debe someterse, porque no es su dueño, ni su artífice, sino sólo su mero transmisor. 

Esta paradoja, contada a través de una historia de ficción y en una situación límite, está mucho más presente en nuestras vidas cotidianas de los que podríamos creer a primera vista. El canibalismo es sólo una alegoría, una metáfora. El temor a que el otro me invada, me agreda, me engañe, me abandone, me ignore... Ese temor provoca en cada uno de nosotros un abanico de reacciones muy amplio: desde el repliegue y la huida, la depresión, el quedarse "quietecito", la sumisión frente a la superioridad (real o imaginada) del otro, hasta el ataque:agredir antes de que me agredan, pasando por alianzas con terceros, engaños y autoengaños, mentiras piadosas... de todo. Visto esto, ¿qué haríamos cualquiera de nosotros ante situaciones límite como la que nos plantea la novela? Todos retrocedemos espantados ante la posibilidad de ser nosotros los agresores, nos identificamos con "el bueno", pero...

La humanidad, la suya, la mía, la de todos, no está nunca garantizada. Hay que desearla, cultivarla, mimarla, protegerla...





lunes, 12 de mayo de 2014

LA MEJOR OFERTA




LA MEJOR OFERTA. Giuseppe Tornatore (2013)

Ponencia leída el 9 mayo de 2014 en el Ciclo de Psicoanálisis y Cine realizado en la Universidad de Alicante bajo la organización del Centro El molinet.

Subastar. Poner a la venta un objeto que ha pertenecido a alguien. La mejor oferta, el título del film, designa el acto por el cual el objeto –preferentemente artístico- pasa a las manos de un nuevo propietario: el mejor postor.
Postor viene de apuesta. Apostar: poner (dinero) sobre una elección. En una apuesta, se puede ganar o perder. Uno apuesta en una carrera por el caballo que cree que va a ganar, por ejemplo.
En toda subasta, hay una pregunta que guía su desarrollo hasta la adjudicación final: Alguien da más? Dar más, dar de más. Todos sabemos que en las subastas, por lo general, el precio definitivo que alcanza un objeto suele ser muy superior a su valor original, a su “precio” de salida. Se habla de “exorbitante”, apelando a la astronomía, como de un cuerpo, un objeto celeste, que se ha salido de su órbita y que, por tanto, se ha liberado de la ley de la gravedad que ata al resto de los cuerpos materiales.
En definitiva, el objeto en cuestión queda investido (investir e invertir tienen, por supuesto, la misma raíz, genialidad exclusiva de Freud)… investido de un valor muy superior al que la imposible objetividad o la razón o incluso el sentido común podrían adjudicarle. ¿No se comporta el amor de esta manera, con un algo de exorbitante, con un dar-de-más y, por supuesto, como una apuesta?
Más aún, si trasladamos la mecánica de las subastas a la vida, veremos que hay grandes similitudes. La pregunta propia de la subasta de arte, la cuestión implícita a cada uno de los asistentes a dicho acto, aquello por lo que todos y cada uno de ellos es interpelado, convocado, sería lo siguiente: ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por ese objeto? ¿Cuánto vale para ti? Aquí, como acabamos de decir del amor, la respuesta a menudo entra en el ámbito de lo exorbitante, de la des-mesura. No hay medida.
Pensemos sólo como un ejemplo en la última y definitiva invasión a Irak. Claro, todos pensamos en el petróleo o en las armas de destrucción masiva. Pero consideremos que desaparecieron de los museos y excavaciones arqueológicas del país infinidad de obras de arte y vestigios de incalculable valor, muchos de los cuales (algunos sí) no pasaron por las salas de subastas de Nueva York o Londres, sino que acabaron directamente en manos de coleccionistas particulares que con toda seguridad pagaron fortunas para contratar comandos mercenarios que sacaran esas joyas del pasado en mitad del caos de la guerra. ¿Imaginan la cantidad de miles de millones que pudo mover ese negocio?
El robo, el expolio… pero también la falsificación, son constantes en el mundo del arte. También, si lo pensamos, en la vida misma, y especialmente en las relaciones de amor (sean sexuales, de pareja, paterno-filiales o de amistad). Ahí rige una economía del gasto, como diría Bataille. La figura del potlatch, rito antropológico que consistía en destruir los bienes de una comunidad en una orgía festiva. ¿Quién da más?
¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por ese objeto? Entendamos por objeto, tal y como lo designa el psicoanálisis, algo que puede referirse a una persona, a un animal, un trabajo, o cualquier ente imaginable, físico, real o abstracto. Y convengamos en que “pagar” es también un término genérico que engloba el dinero, el tiempo, la energía física o mental… la vida misma, en fin. Se puede llegar a pagar con la propia vida, ¿no?

Por ejemplo, Virgil Oldman, el protagonista de La mejor oferta, no ha apostado por la vida. O ha apostado por lo que él considera que es la vida: una existencia solitaria, enguantada, apartada físicamente de su entorno en una imposible profilaxis. Y, sobre todo, rodeado de cuadros, en su cámara secreta, verdadera caverna platónica (nunca mejor dicho, si hablamos de amor); rodeado de cuadros, decimos, que representan metonímica y obsesivamente el “eterno femenino”, si me permiten definirlo así. Se ha negado el amor. Como confesará a Robert en un momento del film: “El respeto que siento por las mujeres es igual al temor que les he tenido y a la incapacidad de comprenderlas”. Incapaz de sostener una relación en la vida real, él queda capturado en la contemplación infinita de la belleza femenina, de la esencia femenina, pero encerrada entre cuatro paredes. Sin riesgo. Sin apostar realmente. Billy, el pintor fracasado, amigo de Virgil, se define a sí mismo con respecto a él como “tu amigo, tu cómplice, tu leal proveedor de mujeres”.
Bajo esa fragilidad extrema, Virgil es un hombre reputado, qué duda cabe, un gran profesional, dueño de un más que importante patrimonio… semblantes que empiezan a caer al contacto con una mujer de carne y hueso de la que sólo puede tener la voz…




Giuseppe Tornatore ha sido siempre un director de ideas. Muy alejado del neorrealismo de sus predecesores y del cuasi-surrealismo de un Fellini, Tornatore navega en una especie de cine neobarroco, romántico, repleto de guiños mitológicos y con un fuerte elemento de compromiso social. En la secuencia del restaurante, al comienzo del film, el director nos deja muy claro lo que piensa de su personaje protagonista: es un ser solitario, huraño, adusto, prácticamente asocial. Se nos hace antipático de entrada. Más aún, es el retrato de un muerto en vida, de un ser desvitalizado. El detalle de la tarta de  cumpleaños, confeccionada especialmente para él con una receta ancestral y exclusiva, nos muestra cuán poco gusta de los “dulces” de la vida. Su excusa, “mi cumpleaños no es hoy, sino mañana”, se despacha con un despreciativo “hasta pasado mañana”. Otro detalles de su fobia a lo vivo es que toda la vajilla y cubertería que utiliza en sitios públicos lleva sus iniciales: él no quiere dejarse contaminar por el mundo.
Sin embargo, el humanismo renacentista de Tornatore pronto va a permitirnos asistir a una humanización de su personaje o, por seguir con el símil, a una “vuelta a la vida”. Su nombre ya evoca, por un lado, la vejez: old-man, una cierta renuncia a la vida, al futuro… Y Virgil es, literalmente, Virgilio, el poeta que guía a Dante a través de las tres dimensiones (dit-mansions, al decir de Lacan) en que se divide el mundo según el imaginario cristiano: cielo, infierno y purgatorio.
Virgil ya tiene una cierta idea, apenas consciente, de su falla. Dice, literalmente, “no es el objeto en sí lo que despierta mi curiosidad, sino su contradicción”. Curiosidad. En otro momento dice, respecto a la muchacha por la que se ha sentido fascinado, que “desear no es la palabra; curiosidad, tal vez”. La curiosidad supliendo al deseo. Él sabe de esa desvitalización de algún modo. Él es consciente de su identificación con Claire Ibbetson, la joven huérfana cuyas propiedades ha aceptado tasar:  dos seres con dificultad para salir al mundo, para relacionarse con la vida.
Es decir, en Virgil el deseo no ha muerto del todo. Él se deja fascinar por la joven a pesar de que oscuramente se intuye que algo no parece cuadrar del todo en la historia de la chica, en sus actitudes. Ciertas dudas planean casi desde el principio en matices muy sutiles de los diálogos. Sin embargo, Virgil, a pesar de ello, decide apostar. Cuando le pregunta a su secretario, Lambert, cómo es eso de estar casado (el fiel secretario lleva ya casi 30 años), éste le contesta: “Es como participar en una subasta. Nunca sabes si la tuya es la mejor oferta”. Más tarde, le pregunta a su amigo, Billy, el pintor, sobre la autenticidad, y éste le responde que todo, absolutamente todo se puede falsificar: una obra de arte, un sentimiento, una emoción, el odio… hasta el amor. Sin embargo, a pesar de ello, siempre hay algo auténtico en toda falsificación. Hay un algo auténtico, algo subjetivo, un rastro, una huella, una cifra, una firma… Cuando Claire le dice a Virgil que, pase lo que pase, él debe tener claro que ella le quiere de verdad, no está mintiendo. Lacan resolvió esa paradoja sofística de que el que miente dice la verdad: la lógica del inconsciente nos lo muestra en la clínica a diario. Empezando por el hecho de cuán a menudo uno se miente a sí mismo. Recordemos que odio, amor e ignorancia son las tres grandes pasiones que el hombre comparte con los dioses. Y la ignorancia no es no saber, sino no haber querido saber. El momento de verdad siempre llega de algún modo intempestivo, extemporáneo, el momento de verdad es a menudo un aprés-coup.
Podemos decir que la cruel mentira a la que ha sido sometido Virgil por parte de aquellos que consideraba sus amigos, y por parte de su espúrea amada, esa mentira le derrumba la gran mentira en la qué él, sólo él había estado siempre involucrado. Y le abre a la verdad del deseo. Su decisión final de instalarse en Praga, no sabemos por cuánto tiempo, hasta cuándo, es un hermoso final abierto, el nacimiento de Virgil a su ser como sujeto deseante. Una mentira cura otra mentira. Lógicas del sujeto…

Cuando Lacan adopta la terminología aristotélica de la Física, emplea dos términos muy peculiares: automaton y tyché. Estos dos términos intentan explicar en la antigua Grecia el movimiento en el universo, y dilucidar las causas del mismo. Es decir, en definitiva, lo que ocurre en el mundo, lo que sucede a las personas… es causado por el Azar o por la Necesidad, el lugar que el destino ocupa en las vidas de los seres. Automaton y Tyché son dos formas de nombrar ese Real incognoscible al que nuestras vidas, supuestamente predestinadas o no, se desconocen en el presente y quedan inevitablemente proyectadas hacia un futuro, un por-venir indeterminado, guiado por la huida de lo fatídico, el intento de evitar lo fatídico, y la búsqueda utópica de la felicidad.



El automaton es la representación del eterno retorno, de la pulsión de repetición. Todo se repite, lo reprimido vuelve siempre, aunque sea bajo otras máscaras. La cadena de los significantes se reproduce de forma infinita… pero lo Real sobreviene, y sobreviene en forma de encuentro: uno se encuentra lo inesperado, lo no deseado… o lo deseado en la forma de no-deseado. El autómata del film, magnífico Mcguffin digno del propio Hitchcock, representa a la perfección esta cuestión. Virgil no deseaba sorpresas en su vida, que se repetía de forma implacablemente matemática hacia una acumulación de lo mismo. Ahí surge lo otro, la diferencia, en forma de bella muchacha desamparada, reflejo del propio desamparo del protagonista. Su encuentro con lo Real –es despojado de aquello que amaba- esa Tyché terrible, despiadada, le conduce sin embargo a algo nuevo. Como diría Nietzsche, a un eterno retorno de lo otro. Él repite el momento en que Claire fue feliz: en aquél café de Praga, “Night and day”, decorado de nuevo con maquinarias de relojes –alegoría del paso del tiempo-, Virgil se sienta a esperar algo nuevo. Su deseo se ha abierto a la vida…